Dudando libremente del libre albedrío

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«—    ¿Puedes ver el futuro? —preguntó Baley, curioso.

—      No, señor, pero cuando se estudian las mentes como yo lo hago, se puede llegar a la indefinida sensación de que existen unas leyes que rigen la conducta humana igual que las Tres Leyes de la robótica gobiernan la de los robots. Y estas leyes humanas pueden indicarnos cómo puede desarrollarse el futuro, en líneas generales. Las leyes que rigen la conducta humana son mucho más complicadas que las Leyes de la robótica, y no tengo la menor idea de cómo pueden manifestarse. Quizá sean de naturaleza estadística, de modo que no pueden ser expresadas con precisión salvo cuando tratan grandes cantidades de población. También sospecho que las obligaciones que crean son mucho menos vinculantes que las robóticas, de modo que quizás carezcan de sentido a menos que esas grandes masas de población no sean conscientes de que operan dichas leyes.»

(Los robots del amanecer, Isaac Asimov, 1983)

Se me ocurren pocos temas tan delicados como la existencia de la libertad. Más allá de la noción judeocristiana del libre albedrío, esa presunta facultad con la que el ser humano fue dotado por encima de las demás especies, se trata de un concepto fundamental en la organización de las sociedades modernas, así como la piedra angular de los sistemas de creencias compartidos con mayor amplitud. Dadas las circunstancias, no me sorprendería ver a uno catapultado a la impopularidad por cometer la osadía de negar que la libertad, en puridad, sea posible. No obstante, someter esto a análisis no representa amenaza alguna: nadie “dejará de ser libre” porque se discuta sobre algo que ya venía dado, del mismo modo que no se detienen los relojes cuando se cuestiona la existencia del tiempo. Con la siguiente reflexión trataré de enfocar la realidad de una manera objetiva, al margen de filias personales.

Obstáculos lógicos al concepto de libertad

La primera barrera que disuade a uno de sostener la idea de libertad, entendida como capacidad de elegir independientemente de lo que me rodea, es la lógica de primer orden, pues ya hay algo que nos va a rodear siempre acotándonos las opciones: nuestras limitaciones y las del mundo en el que vivimos. Y es que, entre nuestras capacidades, está la de imaginar cosas que ni existen ni podrían existir, y por supuesto que las deseamos. Por no hablar de que, incluso deseando cosas factibles, pueden darse casos en los que entren en conflicto las opciones.

Obstáculos al concepto de libertad en escenarios donde parece posible

Llegados a este punto todavía se podría replicar con una casuística de lo más diversa pero un denominador común: situaciones en las que uno puede elegir entre varias opciones, sea por acción u omisión. Aquí, a falta de uno, son dos los obstáculos que encuentra la libertad para erigirse como tal: la historia de aprendizaje del individuo y la filogénica propia de su especie. Niveles de explicación del comportamiento que, aunque a menudo se siguen presentando como enfrentados, son complementarios: el primero alude a una causalidad proximal; el segundo, a una distal. Ignorar su efecto es tan ingenuo como injustificado. Si ponemos al asno de Buridán ante los dos montones de heno, siempre habrá una opción a la que su historia filogenética le impedirá sobrevivir: la omisión. Incluso si el asno pretendiese morir de hambre, sería el historial de aprendizaje el que estaría haciendo de las suyas. Nos guste o no, nadie vive ajeno a ellas, la conducta no se da en el vacío.

El último refugio de la libertad

El pensamiento o conducta encubierta, aquella que es privada, a la que sólo uno tiene acceso, se antoja como el único reducto en el que la noción de libertad podría cobrar sentido. No obstante, incluso este caso arroja serios interrogantes. Yo puedo desear algo, ficticio o no, y que nadie me lo impida. Ahora bien, ¿por qué deseamos lo que deseamos?; ¿porque lo hemos “elegido” nosotros mismos, ajenos a nuestras historias ontogenética y filogenética? Además, ¿hasta qué punto se pueden controlar los deseos?; ¿si uno desease dejar de desear algo, lo haría sin más, o puede que todo lo contrario?

¿Y qué hay de la responsabilidad?

Semejante pregunta podría merecer un artículo entero. Tal vez se trate de un concepto innecesario, al menos desde el punto de vista del estudio del comportamiento. Por el momento, os dejaré con la opinión de la gran Rebeca Pardo Cebrián, quien recientemente abordó este mismo tema.

*(Imagen tomada de periodicotribuna.com.ar)

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14 pensamientos en “Dudando libremente del libre albedrío

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